Desde que era joven, quiso criar cuervos. Era un pensamiento que le obsesionaba día y noche, hasta el punto de que poco a poco, se convirtió a si misma en algo semejante al objeto de su fascinación. Oscura y tétrica, de mirada afilada, observaba el mundo, brillante y luminoso con la avaricia de la negra ave, buscando entre la multitud de desteñido gris aquello que más destacase para, poco después, apropiarse de él. Pronto tuvo en su haber los amantes más salvajes, los esclavos más entregados y varios cadáveres putrefactos de aquellos a quien odió tirados en su jardín. Y entre ellos, decenas de cuervos negros que devoraban sus corazones para delicia de ella y espanto de los habitantes de Ciudad.
Pero el vertiginoso ascenso de su dictadura social, criticada pero nunca atacada, se detuvo abruptamente un día cualquiera, quizá un poco más oscuro que los demás. Se hallaba en su habitación, con sus esclavos a sus pies y sus amantes a sus faldas, pero aún así se sentía hastiada e incómoda. No quería nada de todo aquello. Los echó a patadas y salió a la Ciudad, donde rodeada por dos de sus cuervos, que graznaban y revoloteaban a su alrededor, empezó a buscar. ¿Qué deseaba? ¿Qué necesitaba? Buscaba y buscaba, pero nada hallaba que le llenase de nuevo la corrompida alma.
Hasta que lo vio. Era alto, no demasiado apuesto, pero sí siniestro. Y en su hombro descansaba un oscuro cuervo. Al instante supo que lo quería y, sin remilgo alguno, se detuvo ante él.
- Ven conmigo.- le dijo, con tono autoritario y una sonrisa malévola en sus labios.-
Pero para la sorpresa suya, la respuesta fue taxativa:
- No.-
Y siguió adelante. La Dama Oscura se sintió ultrajada. ¿No? ¡¿No?! ¡Nadie debía, nadie PODÍA negarle nada a ella! Apretó el paso y alcanzándole pocos metros más adelante y, tirando de su camisa, lo acercó a si misma.
- Vas a venir conmigo.- ordenó, sin soltarle.-
- No.- fue toda su respuesta, antes de liberar su camisa del puño de la joven y seguir adelante.-
La Joven de los Cuervos temblaba de ira. La segunda negativa, más rotunda que la primera, resonaba aún en sus oídos. Cegada de rabia, volvió a alcanzarle, esta vez en dos pasos. Aferró su brazo y tiró con fuerza, pero cuando el rostro del hombre se giró, vio en él dos ojos rojos y un gran pico de cuervo. Y fue su última visión, tan espantosa como placentera, antes de que sus ojos fuesen arrancados. Cayó al suelo, ciega de miedo, mientras sus cuervos le picoteaban las cuencas vacías y el hombre reía junto a ella.
- ¡Cría cuervos y te arrancaran los ojos! ¡Cría odio y morirás miserablemente! Nunca pensaste que aquello en lo que creías pudiese poner fin a lo que amabas, pero aquí tienes la venganza de aquellos que cayeron bajo tu absurdo yugo: no trates de alcanzar las estrellas o arderás con ellas.-
Y entre el aleteo de las aves y las carcajadas, y los gritos y aullidos de la Dama, y los arrastrados sonidos de sus esclavos y los pasos prestos de sus amantes, murió allí la avaricia, murió el terror.
Esa misma noche, mientras sus decenas de oscuras aves la devoraban sin compasión, el Siniestro Hombre depositó dos brillantes ojos en un pequeño frasco de cristal y lo dejó junto a los demás de su colección. Detrás de él, sus esclavos se arrastraban por el suelo y sus amantes esperaban en el sillón.